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15 noviembre 2009

A casa por Navidad


Parece obvio, puede que lo sea, es natural reunirse para celebrar. Sí, pero tiene sus razones histórico-antropológicas. Hay que retroceder muchos siglos para llegar a las primeras reuniones en torno a los fuegos de los hogares en las estaciones más oscuras del año, en las que en el exterior  el frío y la nieve invitaban a permanecer al calor del fuego. Con la primavera llegaba la dispersión de la comunidad, que continuaba durante el verano e incluso el otoño, mientras que el invierno la volvía a reunir con cierto aire festivo de reencuentro.
Mejor pasar en compañia los lagos meses de frío, pero no era éste el único mótivo. El periodo de menos luz, el invierno, era un tiempo temible porque la gente tenía conciencia de que las fuerzas del mal se movían a gusto. El soltiscio de invierno se consideraba el momento clave, cuando se producía la batalla crucial entre los espíritus malignos y el mundo de los vivos, entre la oscuridad y la luz, una batalla que tenía lugar en el exterior, a campo abierto, nunca al calor del fuego del hogar.
Se convirtió en costumbre pasar esos días con grandes y ruidosas celebraciones, para tratar de engañar a los espiritus del mal y que creyeran que había demasiados humanos juntos en aquel lugar como para atreverse a atacar. Ritos y tradiciones en un sentido de protección.

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